Millones de personas procedentes de los antiguos y de los actuales países
comunistas emigran a las naciones desarrolladas para buscarse la vida, pese
a que en el viaje se la juegan y muchas veces la pierden (el muro de Berlín,
los balseros cubanos... ). Prefieren tamaño riesgo y las duras condiciones
que han de soportar como emigrantes a las delicias de los “paraísos
socialistas”. ¿No es esto acaso una crítica demoledora a la
pretendida superioridad de los países mal llamados comunistas sobre
los capitalistas? ¿La realidad no certifica contundentemente que los
gobiernos de esos países mal llamados comunistas no han resuelto los
problemas de sus pueblos, ni siquiera los elementales, por no hablar ahora
de las atrocidades a los que los han sometido?
Estos hechos deben ser tenidos
en cuenta por las personas que creen que un mundo mejor es posible y, con
mayor razón, por los que no han renunciado a los principios del socialismo
(a cada uno según su trabajo) ni del comunismo (a cada uno según
sus necesidades, de cada uno según sus posibilidades).
¿Qué ha podido
suceder para que la abnegación, el heroísmo, los muchos trabajos
y sacrificios, incluso el de la propia vida, de quienes querían construir
sociedades nuevas tras la revolución soviética de Octubre,
la toma del poder en Cuba y tantas otras, se hayan transformado en feroces
tiranías? ¿Cuál es el mecanismo por el que desde el
bolchevique que quería cambiar el mundo y liberarlo de la explotación
del hombre por el hombre se haya llegado al burgués “soviético”,
del ilusionado guerrillero de Sierra Maestra al burócrata castrista?
EXPLICACIONES
QUE NO SIRVEN
Los norteamericanos, la Comunidad Europea, los gobiernos antipopulares de
América Latina y de todo el mundo, dicen lo mismo de mil maneras: “Mirad
lo que pasó en la URSS, mirad lo que pasa en Cuba; el capitalismo es
superior al socialismo”.
Comparemos sus palabras
con los hechos. Estos “demócratas” son los mismos que apoyaron a Franco,
a Batista, a Pinochet, a los milicos argentinos, a las dictaduras de Pakistán
y de Indonesia, al estado de Israel, los mismos que desencadenaron las sangrientas
guerras de Vietnam y, hoy, las de Afganistan y de Irak. Actualmente continuan
reprimiendo y esclavizando a los pueblos y gastando enormes sumas en aparatos
militares, incluso donde no hay ni para comer.
Sus argumentos son interesados.
Quieren convencer al mundo que no existe cosa mejor que el sistema capitalista,
basado en privilegios para ellos y carencias y servidumbre para los más,
que se renuncie a construir otro más justo; quieren que todos, especialmente
sus propios pueblos, permanezcan quietos y resignados. Por otro lado, como
la plusvalía obtenida, por ejemplo de los cubanos, no va a parar a
sus bolsillos, también quieren que Cuba cambie, es decir, que esa
plusvalía sea para ellos. Esta es la razón por la que se les
llena la boca de “democracia para Cuba”.
Pero ya vemos lo que vale
su “democracia”. Así que las soluciones que propugnan no merecen ser
tenidas en cuenta. Se reducen en última instancia a quítate
tú que me pongo yo. Sabemos lo que resulta después. Sólo
en el último siglo dos guerras mundiales con millones de muertos,
e incontables guerras locales, golpes de estado y toda clase de atropellos,
asesinatos, y violaciones de la soberanía nacional y de la voluntad
de los pueblos.
Pero que las soluciones
de los imperialistas y los gobiernos antipopulares sean solo palabrería
para arrimar el ascua a su sardina, no obliga sin embargo a apoyar la política,
igualmente antipopular y más feroz todavía3, de los gobiernos
de los países indebidamente llamados socialistas o comunistas
En ellos, el odio popular
existente hacia los nuevos explotadores ha traido consigo el rechazo de la
revolución comunista y de todos los símbolos que estos explotadores
de nuevo cuño utilizan como suyos y con los que pretenden justificar
su tiranía y rapacidad (la bandera roja, la Internacional, la hoz
y el martillo, los escritos de los fundadores del socialismo, etc.). Hay
en esos países mucha gente que cree que la causa de la insufrible
situación a la que están sometidos por la fuerza, se debe al
socialismo y al comunismo. Así pues digamos unas breves palabras sobre
ambos.
SOCIALISMO Y COMUNISMO
Hoy se llama socialismo o comunismo a cualquier cosa. Los rusos de antes
y todos los países del bloque, los chinos de ahora, los vietnamitas,
los coreanos azotados por hambrunas periódicas, el castrismo, los yugoeslavos
de Tito, los libios, todos son o han sido “socialistas” o “comunistas”. Incluso
el gobierno inglés, alemán o español también son
“socialistas”. Hay quien defiende que el socialismo es sólo “una idea
general, un horizonte”.
Pero socialismo y comunismo
son concepciones del mundo precisas y concretas. No los inventaron Marx ni
Engels, ni ningun otro. Sus postulados han subido de la realidad a la teoría
a lo largo de muchos años, doscientos ya, reflejando las necesidades
de los obreros y campesinos, los obstáculos a la satisfacción
de estas necesidades y la manera de removerlos. Es una doctrina basada en
la experiencia real, en leyes sociales tan inevitables como el cambio anual
de las estaciones, así que no puede llamarse socialismo a cualquier
cosa.
También socialismo
y comunismo siempre fueron, desde su origen utópico después
de la Revolución Francesa, bandera de un mundo mejor y defensa de
los atropellados. Desde las resoluciones del Consejo General de la Primera
Internacional pidiendo un cristal para la ventana de una nave, un par de
alpargatas, etc., las conquistas y reivindicaciones de este movimiento siempre
fueron a favor de los desposeídos: jornada de ocho horas, vacaciones
pagadas, instrucción pública, libertad sindical, seguridad
en el trabajo, fraternidad universal de los trabajadores por encima de las
fronteras, paz, la tierra para el que la trabaja, reparto y distribución
de las riquezas, igualdad, control real de los trabajadores.... ¿Cómo
puede llamarse socialismo o comunismo a regímenes que violan brutalmente
estas reivindicaciones, por ejemplo, al castrismo?
La oposición de los
trabajadores a los gobiernos tiránicos de los mal llamados países
comunistas es la misma lucha de siempre del movimiento socialista, la de
los desposeidos contra los explotadores que, en los tiempos actuales, además
de las formas conocidas de enfrentamiento entre estas dos clases de personas,
reviste otras nuevas pues la explotación en los países comunistas
se hace de formas diferentes aunque en esencia sean lo mismo: te lo quito
a ti para quedármelo yo.
La ya dilatada experiencia
histórica en los países mal llamados comunistas parece indicar
que el mecanismo de aparición de las nuevas clases explotadoras puede
generalizarse, muy sucintamente, más o menos así:
Primero, alianzas
de personas y partidos diferentes en circunstancias históricas distintas
toman el poder político (los bolcheviques en 1917 o los castristas
en 1959). La situación social en sus países era insostenible
por una u otra razón, y estas alianzas se apoderan del poder político
mediante la fuerza armada en el marco de conmociones sociales de distinta
envergadura y de diferente duración. En ellas, junto con muchos otros
que también pelean por un mundo mejor, siempre han estado los comunistas,
a veces dirigiendo el movimiento (Rusia), o no dirigiéndolo (Cuba).
Segundo, como estas
revoluciones hasta ahora se han hecho siempre en sitios pobres y atrasados,
sometidos además por lo general a guerras o cercos imperialistas durante
e inmediatamente después a la toma del poder, se plantea urgentemente
reconstruir y desarrollar el país. En los primeros tiempos, por lo
general se aborda el asunto recurriendo a la dura economía de guerra,
al trabajo voluntario (ambos aceptados gustosamente por las masas a las que
no les importa sacrificarse y trabajar duro si es por el bien de todos),
a las expropiaciones y a las nacionalizaciones.
Pero tales medidas no resuelven
el problema ni hacen comunista el país. Para ser socialista o comunista
no basta con nacionalizar la vaca y ordeñarla gratis si la vaca no
da leche para todos. La escasez de leche origina el problema de la distribución
y sus mecanismos: ¿quién reparte? ¿a quién dar
lo poco que hay? ¿cómo acallar las protestas de quienes no
recibieron?
La distribución de
una producción insuficiente y atrasada (que además tiene que
remontar los destrozos de una guerra contra la situación anterior,
ya también insostenible), crea privilegios y desigualdades: como dice
el refrán, quien parte y reparte se lleva la mejor parte. Igualmente
resucita al aparato represivo pues hay que defender los nuevos privilegios
y, resumiendo, la distribución de la escasez vuelve a polarizar la
sociedad en dos clases de gente que acabarán enfrentándose si
no se remedia el asunto: los que tienen y los que no tienen.
Las expropiaciones y nacionalizaciones
se acaban pues ya no hay a quién, el trabajo voluntario disminuye
su rendimiento porque las masas, tras un período más o menos
largo, comprueban que su esfuerzo no es por el bien de todos y se desinteresan
del mismo, también reaparece el comercio privado ilegal. A ello siguen
toda clase de medidas coercitivas para que los trabajadores trabajen más
y consuman menos, para que la tasa de acumulación de plusvalía
sea mayor y más rapida. Esto origina la consecuente reacción
de los trabajadores, organizada o espontánea, así como el obligado
reforzamiento de las medidas coercitivas y del aparato de dominación.
Tercero, tales procesos
no se producen sin resistencia. Muchos de los que encabezaron o participaron
en la toma del poder se oponen a ellos, políticamente o incluso con
las armas en la mano. Empiezan entonces las purgas, las depuraciones y la
liquidación física de personas o partidos (como los “procesos
de Moscú” o los casos de Hubert Matos, el oscuro asunto de Camilo Cienfuegos
e incluso la partida de Cuba del “Ché”). Paralelamente, quienes controlan
el aparato de la distribución y de la represión que fuerza
al pueblo a trabajar más y consumir menos, inician el culto a la personalidad
de aquel de los suyos que le parece más idóneo para representar
y defender con mano dura sus intereses: la dirección colectiva, característica
esencial del movimiento obrero, desaparece para dar paso a la dirección
“infalible” del líder, gran timonel, padrecito de los pueblos o padre
de la patria. Ni que decir tiene que los que se unen al líder después
del triunfo –no importa lo que hicistes, sino lo que haces, decía
una consigna fidelista– engrosan la base social de los beneficiados que son
los que más aplauden a los nuevos ricos en el poder entre los que
pretenden incluirse.
Cuarto, una vez encarceladas
o liquidadas las personas y partidos que podrían encabezar el movimiento
de protesta de los nuevos desposeídos contra los nuevos poseedores,
empieza a abatirse sobre los desposeídos una feroz explotación
destinada por un lado a mantener y aumentar los privilegios de los nuevos
poseedores y, por otro, a permitirles competir con los países capitalistas
de siempre que siguen amenazándo el poder de la nueva burguesía
nacional recién surgida en ese país (Por este último
motivo, a veces estas nuevas burguesías hacen fuera de sus fronteras
guerras parecidas a las antiguas guerras coloniales, eso sí, disfrazadas
de internacionalismo, o, como en los últimos tiempos de la extinta
URSS, guerras descaradamente interimperialistas por tercero interpuesto).
Con una demagogia desenfrenada,
la descarnada e intensa explotación de quienes producen trata de engalanarse
con los más nobles motivos, usurpados por lo general al socialismo
y al comunismo, y se acompaña de una represión física
e ideológica sin parangón en la historia.
Y así se sigue reconstruyendo
el capitalismo. La nomenclatura sigue apropiándose de la riqueza colectiva
mediante los poderosos mecanismos del aparato estatal completamente en su
poder, y el pueblo, que tiene que comer, recrea de nuevo el capitalismo como
cuando surgió en la historia: pequeña producción artesanal,
comercio explotador, nuevas e ingeniosas formas de concentración de
la propiedad pese a que oficialmente no existe, etc. etc.
Así es, mas o menos,
como el primer país donde la clase obrera tomó el poder, donde
las fábricas fueron para los obreros y la tierra para los campesinos,
la URSS, se ha transformado en un país imperialista. Busch y Putin,
y muchos otros jefes mal llamados comunistas, mirados desde el pueblo trabajador,
están en el otro lado, en el de los explotadores.
Esto es, muy sucintamente
dicho, lo que parece indicar la experiencia del movimiento obrero después
de la revolución rusa. Los éxitos y ventajas que se consiguieron
en los países comunistas en los primeros tiempos, se debieron al empuje
de las masas trabajadoras que consiguieron quebrar el capitalismo clasico
expropiando a los ricos, nacionalizando toda la producción que pudieron
y dando libre curso a la inciativa popular. Estas medidas socialistas hicieron
que dichos países adelantaran en plazos cortos lo que el capitalismo
clásico había tardado en conseguir en muchísimo más
tiempo. Pero las medidas socialistas dejaron de aplicarse y que los frutos
del desarrollo también dejaran de ser colectivos para pasar a manos
de nuevos beneficiarios, no ya individuales como antes, sino grupales, a
las del Partido, el Gobierno y todos sus amigos.
Veamos un poco más
de cerca el caso de Cuba.
EN CUBA NO HAY NI NUNCA HA HABIDO REVOLUCIÓN SOCIALISTA, MENOS
AÚN COMUNISTA
Nadie duda que el partido bolchevique que tomó el poder en Rusia
era un partido obrero y su programa un programa socialista.
Aquí rogamos al lector,
especialmente al lector cubano que se ve atropellado todos los días
en nombre del socialismo, que recuerde lo que el socialismo ha defendido
siempre como decíamos antes. Desde las resoluciones del Consejo General
de la Primera Internacional pidiendo un cristal para la ventana de una nave,
un par de alpargatas, etc., las conquistas y reivindicaciones de este movimiento
siempre fueron a favor de los desposeídos: jornada de ocho horas,
vacaciones pagadas, instrucción pública, libertad sindical,
seguridad en el trabajo, fraternidad universal de los trabajadores por encima
de las fronteras, paz, la tierra para el que la trabaja, reparto y distribución
de las riquezas, igualdad.
Podríamos agregar
más objetivos de la sociedad que quieren los comunistas que, repetimos,
han sido sacados de la experiencia real: rotación de los cargos públicos,
cargos públicos directamente removibles por el pueblo, control efectivo
de las decisiones a todo nivel, salario medio de un obrero para los cargos
públicos4, elegibilidad real y efectiva de todos los ciudadanos para
cualquier puesto (Sí, una cocinera puede ser ministro, decía
Lenin) y una larga lista que se resume en que las masas deben tomar el destino
de sus vidas en sus propias manos en todos los terrenos (Como se sabe el
comunismo no se contenta con mejorar las condiciones de venta de la fuerza
del trabajo, sino que quiere acabar con una sociedad en la que unos se ven
obligados a vender el único bien que tienen, su fuerza de trabajo,
y otros pueden comprarla).Con un programa así y encabezando y apoyando
todas las luchas por mejoras concretas (por pan, por leña para el
invierno... ), los comunistas tomaron el poder en la URSS.
De aquel partido se ha acabado
en Putin. ¿Dónde acabrá Cuba en la que los partidos
que tomaron el poder en el 59 ni siquiera a nivel teórico contemplaban
la construcción del socialismo?
En los programas del Ejército
Rebelde no había ni jota de socialismo y cuando el Movimiento 26 de
Julio tomó el poder no existía plan alguno para acabar con
el capitalismo en Cuba siendo concebida la revolución como una serie
de “mejoras sociales” en el marco de un estado burgués progresista.
En los primeros tiempos el mismo Fidel no se cansaba de decir “que no era
comunista” y que su objetivo era “una revolución distinta a la del
capitalismo y la del comunismo”, que no sería ni de izquierdas ni
de derechas, sino “un paso adelante” A menos de un año de la toma del
poder Fidel declaró en la Asociación Nacional de Banqueros que
“no tenía la intención de nacionalizar ninguna industria”.
El Ché, izquierda de este movimiento, respondía lo siguiente
cuando se le preguntó si en Sierra Maestra preveían el caracter
de la revolución cubana: “Desde luego no se podía prever el
rumbo que tomaría la revolución. Tampoco era previsible la formulación
marxista-leninista. Teníamos una idea más o menos vaga de resolver
los problemas que veíamos que afectaban a los campesinos que luchaban
con nosotros y los problemas que veámos en la vida de los obreros”.
Aún así, las guerrillas tenían un amplísimo apoyo
social porque prácticamente todos los sectores cubanos querían
cambio.
Peor aún era era
el partido comunista cubano, mero apéndice de la política nacionalista
de la URSS a la que no le interesaba alterar el satu quo con los USA en la
zona. Durante la revolución de 1933 su dirección se alineó
junto al dictador Machado ayudándole a reprimir huelgas obreras y
a oponerse al movimiento de los ingenios azucareros en Oriente; en adelante
apoya a Batista e incluso llega al asesinato de líderes obreros revolucionarios
como Sandalio Junco9. Sabido es que el partido comunista cubano no apoyó
las guerrillas y que cuando el 20 de Julio ed 1958 el Movimiento 26 de Julio
firma el Pacto de Caracas con todos los partidos de la oposición,
el PSP no estuvo; sólo se incorporó al movimiento muy al final,
cuando ya había vencido. ¡Todavía en 1960, en plena campaña
de nacionalizaciones, decían que “la empresa privada que no es imperialista
—o sea los capitalistas locales— es aún necesaria”.
Por su pasado podréis
conocer su presente y por su presente podréis conocer su futuro. ¿Podrían
traer estas dos fuerzas el socialismo y el comunismo a Cuba, cuando los unos
ni lo mencionaban y los otros los habían supeditado al reparto del
mundo entre la URSS y los USA?
La tímida reforma
agraria del 59 (menos radical que la de muchos países capìtalistas
y que incluso la de los propios USA), las primeras nacionalizaciones, el
algo de tierra que se distribuyó entonces, las novedad y esperanza
en las cooperativas agrícolas, la reducción de los alquileres,
las bajadas de las tarifas telefónicas, la educación y los servicios
médicos gratuitos, no superaban del marco de las “mejoras sociales”
de una revolución burguesa. El propio Ché diría en un
discurso pronunciado en Argel a finales de 1963: “Lo que nosotros habíamos
supuesto que que sería una reforma agraria de tipo burgués,
se transformó en una lucha violenta” No obstante representaban un logro
que suscitó el apoyo de los trabajadores cubanos, los cuales respondieron
defendiendo al gobierno en la invasión de Bahía Cochinos. El
entusiasmo de quienes quieren mejorar el mundo, no sólo en Cuba, sino
en toda Latinoamérica fue general.
De este crédito viven
los nuevos poseedores cubanos porque haber, en lo esencial, no hubo más.
Llegaron los rusos y se acabó la diversión. Compraron el azúcar
cubano y se hicieron los amos en sustitución del anterior patrón
yanqui: quien paga manda. Trajeron con ellos la restauración capitalista
que dehizo el camino de Octubre y ha llevado a la extinguida URSS a donde
está.
Las condiciones de Cuba
eran idóneas para seguir desarrollando el movimiento hacia el socialismo,
pero para eso hacía falta quien supiera y quisiera hacerlo.
¿Cargos rotativos o burocracia partidista y gubernamental? ¿Funcionarios
revocables o permanentes? ¿Poder obrero y campesino real o planificación
en las oficinas? ¿Democracia obrera o dictadura? En la prensa, entre
los centenares de miles de cubanos exiliados y en este libro pueden encontrarse
algunas respuestas a estas preguntas. También puede viajarse a Cuba
a decubrirlas ahora que el gobierno favorece el turismo de fuera a dentro;
el de los cubanos al exterior está prohibido: son prisioneros en su
patria, Cuba, la más grande y hermosa cárcel del mundo.
En 1966 K.S. Karol visitó
una de las más grandes fábricas de níquel de Cuba. Reproducimos
sus impresiones:
Pasamos después a la oficina del sindicato para discutir sobre las relaciones de trabajo. ¿Había alguna forma de gestión o de control obrero? Sorpresa y embarazo: una industria nacionalizada es de por sí socialista y funciona de acuerdo con el pueblo, sin necesidad de estos organismos. Pasamos a los salarios, cuya variedad nos pareció enorme: un ingeniero ganaba 1.700 pesos, mientras los obreros medios ganaban 100. ¿Los trabajadores impulsan reivindicaciones salariales o de otra naturaleza? ¿Cómo? Claro que no. Los trabajadores saben que trabajan para el pueblo y así son felices. ¿Y cuál es la tarea del sindicato? Entusiasmar a las masas para que trabajen mejor y contribuyan al progreso de la revolución.
Y tan felices que son, ¡como
que se van de Cuba en cuanto pueden! Al único progreso que contribuyen,
a la fuerza, es al progreso de los nuevos poseedores.
Podríamos enumerar
una larguísima lista de todos los asuntos en los que la revolución
cubana se opone frontalmente al socialismo y al comunismo. Ningún
control obrero o campesino real, ninguna democracia. La intrincada maraña
de “organizaciones populares” que el lector puede ver en el capítulo
de este libro Organizaciones fidelistas nada decide sino aplicar la política
oficial. Ninguna toría revolucionaria. Fidel, que según confesión
propia no era comunista, ¡ha acabado siendo el Primer Secretario del
partido comunista cubano y su hermano el segundo! Alineamiento con la política
exterior socialimperialista de la URSS. Incluso los llamamientos verbales
de los primeros tiempos a la revolución en Latinoamérica, que
tanto entusiasmo causaron, pierden su contenido y cambian 180 grados.
Cuando el Frente Sandinista
de Nicaragua explica a Fidel su política de economía mixta,
pluralismo político (de los partidos de la burguesía) e inversiones
extranjeras, Fidel les dice:
Podéis tener una economía capitalista. Lo que indudablemente no tendréis es un gobierno al servicio de los capitalistas.
Según el socialismo
fidelista, ¡los gobiernos son independientes de las fuerzas económicas
y están por encima de ellas! Quizás a lo que se refería
es a que a una nueva capa de poseedores como la que había en Cuba
lo mismo le daba que la economía fuera capitalista.
Dando tumbos y bandazos
el castrismo va desarrollando y mostrando a la luz paulatinamente sus verdaderos
rasgos, inicialmente en germen o disfrazados de socialismo.
En los años 70 se
estableció en Cuba una especie de NEP (los “mercados libres campesinos”,
etc.) que ampliaron la base social de los nuevos poseedores. Durante el “período
especial” tras la caida del bloque mal llamado socialista, aparte del brutal
descenso de la producción pues se primaba la producción para
la exportación cuyas divisas iban a parar fundamentalmente a satisfacer
las necesidades de los dueños del aparato de estado, se crearon empresas
mixtas con capital extranejero, las cuales han ido aumentando en importancia
y número desde entonces: 20 en 1990, 226 en 1995, 403 en 2002. Durante
el período 1993-2001, la parte de la inversión extranjera directa
en la formación bruta del capital fijo ha sido de un 8,2%, como en
los países capitalistas13. La exportación de dichas empresas
ha sido cerca del 40% del total en los últimos años. En estos
últimos años Castro ha firmado decenas de contratos para la
explotación de materias primas, sobre todo petróleo, con empresas
extranjeras de Canadá, Francia, Brasil, España, Inglaterra,
Suecia... Cada vez es mayor el número de empresas mixtas en telefonía,
alimentación, turismo...
Mientras, la producción
de azúcar se ha hundido hasta el punto que Cuba ha tenido que importar
azúcar USA para cumplir sus compromisos. El capital privado cada vez
tiene más peso en el empleo y la tendencia es creciente.
Esto no es socialismo ni
marcha hacia el socialismo sino la desembocadura del atrasado capitalismo
de nuevo tipo constituido en Cuba durante el castrismo en su mar natural:
el imperialismo contemporáneo.
No podía ser de otro modo pues desde la aparición del imperialismo
el siglo pasado (y más hoy que el imperialismo está superglobalizado)
se acabó la posibilidad de que surjan burguesías nacionales
independientes, lo que vale tanto para las burguesías nacionales clásicas
que no se reclaman del socialismo, como para las que se constituyen engañando
a los trabajadores con banderas rojas.
Los comunistas deben prestar
una gran atención a estas últimas porque su camino es relativamente
nuevo y está insuficientemente estudiado, y porque probablemente sea
las forma más frecuente que revista o intente revestir en los próximos
años el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas de los
países atrasados.
No queremos acabar este
somero vistazo a la situación cubana sin decir algo sobre los “amigos
de Cuba”
LA RED DE AMIGOS DE
CUBA
Gracias a las simpatía políticas o a la penetración
de sus servicios secretos14, el régimen cubano cuenta con una amplia
red de apoyo internacional en la que participan muchas personas honestas.
A quienes ayudan por filantropía,
quizás le sea útil lo que cuenta el autor acerca del destino
de las donaciones a Cuba. Tanta es la corrupción que los funcionarios
del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP) “no tenían
ni ropa y ya andan como señores”. Poco se ayuda al pueblo cubano con
donaciones pues la corrupción del aparato estatal castrista es inherente
al sistema, como también lo es a los países capitalistas “clásicos”,
y no se puede erradicar castigando los casos más escandalosos. La
única ayuda verdadera es destruir el sistema que causa la necesidad
y la corrupción.
También hay una ayuda
política interesada. Se aproxima el fin biológico de Fidel
Castro, piedra angular del nuevo sistema de explotación que se ha
creado en Cuba, y diversas fuerzas políticas extranjeras utilizan
su influencia para ir tomando posiciones con objeto de participar y beneficiarse
de la explotación del pueblo cubano cuando muera Fidel. Tampoco esto
es una verdadera ayuda al pueblo cubano pues no lo liberará: lo único
que persigue es que sigan los mismos perros con distintos collares, que algo
cambie para que todo siga igual en lo esencial.
Pero la ayuda más
inapreciable a los nuevos explotadores castristas se la prestan millones
de personas honestas de todo el mundo que creen que apoyar a Castro es apoyar
la revolución proletaria. Estas personas honestas suelen estar bajo
la influencia de organizaciones políticas “de izquierda” la mayoría
de las cuales, dicho sea de paso, poco o nada hacen por la revolución
en sus propios países, aunque son algo activas, sea también
dicho de paso que a poco costo17, en la solidaridad con Cuba, mañana
con Venezuela, pasado mañana con Bolivia y así sucesivamente.
A estas personas nos dirigimos con las mismas palabras del autor:
¿Ustedes creen que están luchando por algo justo? ¿Acaso
es justo que los seres humanos sufran y sean víctimas de tanto genocidio?
¿Estarían ustedes realmente dispuestos a vivir bajo un régimen
así?
Parece evidente que la respuesta
es no. Quizás en los primeros tiempos se puede dudar un poco, esperar,
pero, ¿después de ya casi cincuenta años en el poder?
Algunos saben que en Cuba
no existe socialismo alguno pero apoyan a Castro pues dicen que se opone
al enemigo principal de la revolución, al imperialismo norteamericano.
Tildan de “izquierdistas” a quienes, desde la óptica del socialismo,
combaten estas camarillas burocráticas capitalistas de nuevo tipo.
Incluso citan a Lenin, falsificándolo, y afirman que los bolcheviques
apoyaron a Kerenski contra Kornilov, que la revolución no es recta
como la avenida Nevski, sino llena de vericuetos y zigs-zags, y que hay que
saber retroceder para avanzar mejor. Sueñan un eje Cuba-Venezuela
(al que sin duda irán añadiendo países a medida que
se desarrolle la lucha popular en Latinoamérica, Bolvia empieza ya
a ser otro candidato), eje que sería la espina dorsal de la revolución
en esa zona.
Sabemos que la revolución casi nunca marcha en línea recta,
pero veamos las cosas más de cerca. En primer lugar los bolcheviques
nunca apoyaron primero a Kerenski contra Kornilov para una vez liquidado este
ultimo acabar luego con el primero. Lo único que apoyaron fue la extensión
del movimiento revolucionario entre las masas de obreros, campesinos y soldados
para conducirlos a la toma del poder y aplicar un programa socialista.
Así luchaban contra Kornilov y contra Kerenski, al que constantemente
desenmascaraban, incluso en plena sublevación korniloviana. Lenin
jamás perdió de vista su objetivo, la revolución comunista,
ni dejó de combatir a quienes, quizás faltos de confianza en
la capacidad de las masas, buscaban el motor de la lucha no en estas masas,
sino en la oposición de enemigos menos urgentes contra otros más
perentorios, dejando la revolución para después. Incluso apeló
al partido comunista y a las masas por encima de su comité central
cuando algunos miembros del mismo (Zinoviev y Kamenev sobre todo, también
Stalin) querían imponer su línea “pactista”.
Algo así podría
aplicarse a la situación en Latinoamérica y al eje Castro-Chávez.
Es una evidencia que el imperialismo mundial, con el norteamericano a la
cabeza, impide el desarrollo de los países latinoamericanos e impone
a sus pueblos condiciones miserables de existencia. Pero resulta imposible
frenar el desarrollo de las fuerzas productivas, salvo temporalmente. Mientras
haya necesidades sin satisfacer —y en el caso de Latinoamérica se
trata de necesidades elementales: alimento, salud, vivienda, educación—
los perjudicados pelearán por satisfacerlas y siempre habrá
quienes intenten fabricar y vender los productos necesarios para solventarlas
y enriquecerse. Esta burguesía local, excluida de la alianza imperialismo-testaferro
nacional, tratará inevitablemente de remover los obstáculos
que le impiden desarrollarse. Y mientras más enérgico sea el
movimiento de masas, más gritarán y más tratarán
de ponerlo a su servicio. Como el imperialismo y las oligarquías vendepatrias
no se dejan arrebatar por las buenas la suculenta presa de la explotación,
habrá luchas y habrá muertos. Las masas pondrán los
muertos y los nuevos burgueses “antimperialistas” intentarán llevarse
las ganancias en caso de triunfo. Como las banderas de la burguesía,
nueva o vieja, están totalmente desprestigiadas, agitarán la
roja que es mejor banderín de enganche para engañar al pueblo
y que este les saque las castañas del fuego. Si las masas populares
pican el anzuelo (a lo que ayudan y no poco todos los partidos y dirigentes
reformistas) se crearán en esos países, a través de
luchas cruentas y dolorosas, nuevos acaparadores del producto social travestidos
de socialistas o comunistas. Resultado: a la vuelta de unas décadas
estas nuevas camarillas dominantes volverán a su sitio natural como
en Cuba: el imperialismo mundial. ¡Tanta pelea para nada!
La única manera de
que quienes no han renunciado a los principios del socialismo y el comunismo
consigan sus objetivos es ponerse a la cabeza de las reivindicaciones de
las masas y dirigirlas hacia la sola meta que permite satifascerlas: sus
objetivos de clase. Mientras más desarrollen revolucionariamente el
movimiento obrero y campesino, más aliados tendrán.
Ya hemos dicho antes que
en los tiempos actuales del imperialismo superglobalizado la consolidación
de burguesías nacionales progresistas es imposible. Poner a sus pies
y bajo su dirección a la clase obrera y sus aliados, renunciar o rebajar
los objetivos de esta clase es una miopía tremenda que a lo único
que puede conducir es a posponer el problema, o una traición a la
causa de un mundo mejor.
Banderas rojas sí,
pero en manos de obreros y sus aliados y para conseguir los obetivos históricos
del socialismo (a cada uno según su trabajo) y del comunismo (de cada
uno según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades).
SOBRE ESTE LIBRO
El presente libro fue escrito día a día en Cuba, en la clandestinidad,
con riesgo de la vida y mediante mil estratagemas y penalidades, como los
del samizdat soviético. El autor relata todo esto en el capítulo
Así nació un patriota.
Cuando en Occidente se difundieron
los primeros libros17 que contaban la explotación del pueblo ruso
por la nueva camarilla dueña absoluta del poder estatal, los bucólicos
amigos extranjeros de la URSS y los partidos comunistas enfeudados a Stalin,
acusaron a sus autores de reaccionarios, agentes del imperialismo, espías,
degenerados y un largo etc. Nadie hizo el menor caso a sus autores pues era
una lucha muy desigual: indivíduos contra aparatos estatales muy poderosos,
con infinidad de recursos en sus manos desde el control de los medios de
comunicación hasta el asesinato. La opinión pública
mayoritaria sólo se sensibilizó al problema ante el torrente
imparable del samizdat soviético.
Este, lector, es uno de
esos valientes libros de denuncia, escrito por un cubano que, por amor a
su pueblo según él mismo dice, se enfrenta sólo con
sus palabras a una dictadura y a todo su aparato. Esperemos que la experiencia
anterior le exima al menos de ser catalogado como contrarrevolucionario, degenerado,
espía y los otros adjetivos al uso.
En él se relatan
hechos y más hechos de la vida de Cuba vividos en carne propia y eso
es lo que importa. Se le puede aplicar lo que decía José Díaz
en un discurso:
Permitid que comienze por advertiros que cuando se viene a un acto de esta
naturaleza, cuando tan crítica y preñada de peligros está
la situación, no debéis mirar sólamente si las frases
son más o menos bellas, si la oratoria es o no brillante. Camaradas
que habéis venido a este acto, escuchad la doctrina.18
Los mismo te decimos, lector, que vienes a la lectura de este libro: atiende
a lo esencial y deja lo secundario.Quizás el libro no sea una obra
de arte, quizás discrepes, como discrepamos nosotros, en algunas cuestiones
o interpretaciones. Pero lo esencial no es eso, sino la formidable denuncia
de las condiciones de vida, sector por sector, a las que está sometido
el pueblo cubano por la dictadura castrista. De fabula te narrantur, saca
tus propias conclusiones.
EL AUTOR
El autor cuenta su vida y su evolución ideológica en el capítulo
Así nació un patriota; poco más queremos añadir.
Y lo poco que añadimos lo sacamos de nuestra correspondencia con él
pues pensamos que sus propias palabras permitirán al lector hacerse
una idea adecuada del autor del libro que tiene entre sus manos.
Este libro va a servir de muestra al mundo, de lo que somos capaces los cubanos por nuestros hermanos. Cuando hace dos años salí de Cuba hice un compromiso grande con mi padre, y era regresar y entregarle un ejemplar de mi libro dedicado a él. Casi lo cumplo, si hubiera esperado unos meses más para morirse. Pero el que falló fui yo, no él. Creo que me esperó bastante, dos años. Pero no sienta pena por mí. El día que decidí salir a luchar por mi pueblo también preví que perdería familiares y no estaría ahí para despedirlos. Podrán morir hasta mis hijos que lo voy a resistir como un hombre, porque esta causa vale la pena cualquier dolor. Tal vez con mi obra contribuya a evitar que también mueran mis hijos o sobrinos de neumonía. Soy más patriota que hijo o que padre.
Sin nadie pagarme nada, ni pedìrmelo, yo entregué todos mis recursos y mi vida a esa causa, sin aliarme a nadie.
Hasta este momento en que estoy escribiendo a usted, ni siquiera tengo contacto con alguna organizaciòn antifidelista, ni partido, ni personalidad alguna. Soy el más común de los cubanos.
En estos dos años, si yo fuera otra persona, me habrìa buscado un buen trabajo, una mujer, y a vivir rico la libertad. Pero yo he preferido vivir en la pobreza pero dedicado a esta causa, sin ayuda de los poderosos enemigos de Fidel.
De todas formas ahora sueño llegar a la tumba de mi padre con este libro. Él fue uno de los que más datos y cifras me dio para este libro, porque vivió bastantes años antes y después de Fidel. Así que eso lo hace coautor. Él fue uno de los tantos que ayudaron a la revolución fidelista y luego se vieron traicionados. Por eso colaboró conmigo. Ahora lo puedo poner como biografía, porque ya Fidel no le puede hacer nada. Ese es el único nombre que por ahora puedo mencionar. Se llama Marino Ramírez Cruz. Ahora al menos es al único que podré agradecerle públicamente sin que Fidel pueda vengarse con él.
Ha muerto uno de los inspiradores y coautor espiritual del libro. Pero lo triste es que ni siquiera llegó a saber que ya el libro tenía una editorial.
Ahora mi próximo sueño es llegar a la tumba de mi padre con ese libro, y dedicárselo, y poner un ejemplar en sus manos aunque ya estén deshechas. Será un momento impresionante.
Le cuento esto porque realmente necesito desahogar con algún amigo. Sé que me entenderá.
Ahora dejará de ser mi padre para ser héroe, mi inspiración. Trataré de ser mejor cada día.