ASÍ NACIÓ
UN PATRIOTA
Toda la vida y obra del dictador Fidel Castro Ruz ha sido un largo y mentiroso
discurso, donde trata de mostrarse como el verdadero Dios de la Tierra. Para
lograr que millones de cubanos llegáramos a creerle tuvo que obligarnos
a vivir en un aislamiento total respecto al mundo, sin que pudiéramos
ver ni escuchar más nada que la doctrina salida de su lenguaje carismático
y seductor. Es un ideal político y militarista que nos lo empieza
a inyectar desde que nacemos, a través de los medios de difusión
y de los programas de educación y cultura creados y dirigidos por
él.
Ese lavado de cerebro
surtió tanto efecto en mí que llegué a ser más
marxista-leninista y fidelista que el propio Fidel; quería que todo
el planeta fuera dirigido por él. Odiaba a los presidentes de todos
los demás países, pues no podía entender por qué
no aplicaban en su nación un sistema “tan bueno” como el nuestro.
Así que desde niño soñaba ser como el Che, e irme a
luchar a todas las demás tierras del mundo donde los soldados, oficiales
y asesores cubanos creaban y fomentaban guerrillas para expandir el comunismo.
Mi sueño se hizo
realidad a finales de 1987, cuando acababa de cumplir 19 años de
edad, cuando me dieron un fusil AKM-47 de fabricación soviética
y me enviaron a la guerra de Angola. Allí me creía un emisario
de la libertad cuando en realidad era un agente del Diablo. Me esforzaba
por encontrar una bala que me hiciera mártir de la patria, para que
una escuela llevara mi nombre y a mi familia le obsequiaran una bandera.
Me dominaba la emoción de saber que en cualquier momento daría
mi vida por el internacionalismo proletario.
Por suerte, parece que
no llegaron a fabricar la bala que atravesaría mi pecho, o Dios quiso
reservarme para otras cosas. No sólo sobreviví a tan terrible
aventura, sino que regresé a la patria con los grados de Sargento
de Primera, cargado de medallas y diplomas, y recibiendo otros halagos y
distinciones tanto del pueblo como del gobierno. Me sentía un héroe,
y trataba de obrar como tal.
Mi espíritu aventurero,
guerrerista, fidelista y terrorista había aumentado, por lo que pensaba
tomar unas vacaciones para luego seguir combatiendo por el mundo, hasta
materializar el máximo sueño de Fidel Castro que era matar
a todos los seres humanos que no fueran comunistas. Pero el destino fue
benévolo conmigo y buscó una forma de alejarme del camino equivocado
que llevaba. Como mayor premio me habían ofertado una beca en la
universidad (a la cual de otra forma no habría tenido la posibilidad
de ir), y entonces decidí estudiar un poco primero antes de seguir
con aquellas locuras.
Fue una decisión
acertada, porque en la universidad comencé a aprender a pensar por
mí mismo. Ahora mi espíritu de rebeldía y justicia
empezaron a chocar con la realidad interna de Cuba, y fui descubriendo cosas
que antes no veía. Empecé a despertar del estado de hipnosis,
de aquella loca pesadilla en que me habían metido; y poco a poco
la razón fue venciendo a la duda hasta descubrir que somos el único
pueblo constitucionalmente esclavo.
Me vi dentro del infierno,
comprendiendo que todo por lo que había vivido y luchado era una
gran mentira. Aquello en lo que creía tanto no era más que
una gran obra de teatro muy romántica creada por nuestro Presidente
para engañarnos y hacernos partícipes de sus locuras, convertirnos
en soldados del Diablo. Aquellos cientos de miles de jóvenes cubanos
que no tuvieron la misma suerte que yo de poder regresar con vida a la patria,
no habían muerto en nombre de la libertad sino en nombre de Fidel
y su política de expansión comunista.
A veces estaba chocando
de frente con la dura verdad, sufriéndola en carne propia, y aun
así me costaba asimilarla. Me encontraba frente a una imagen de Castro,
o escuchaba uno de sus discursos, y casi volvía a caer en su trampa.
Lo amaba tanto que mi cerebro no quería programar otra cosa que no
fuera endiosarlo. Parece que en algún lugar de mi corazón
todavía albergaba la esperanza de que él rectificara sus errores
y se convirtiera en un hombre bueno y pacífico.
El dolor y el remordimiento
me estaban consumiendo por dentro cuando a finales del año 1995 me
trasladé para La Habana, y yo mismo fui a la sede del gobierno cubano
y entregué un proyecto y una carta dirigida a Fidel. Me respondió
en un tiempo récord de 15 días, sólo para agradecer
mis palabras. Luego vi que no había arreglos ni negociación
con él, y que cada nueva reforma aplicada sólo fortalecía
su régimen y empeoraba la situación del pueblo.
Entonces por fin se acabaron
los titubeos, y entre momentos de tristeza y confusión decidí
que a partir de ahí mi única razón de vivir sería
para aportar un granito de arena en la lucha por librarnos del tirano, alertar
a los demás pueblos que hoy lo admiran, y a otros que hasta han llegado
a tomarlo como bandera de lucha. Para mí había quedado claro
que no sólo los cubanos fuimos engañados, sino que el resto
del mundo estaba ajeno a la verdadera miseria y esclavitud en la que este
hombre nos ha obligado a vivir ya durante medio siglo.
Abandoné mi familia
para radicarme en la capital. Abandoné el kárate y el ajedrez,
dejé de escribir novelas, de componer canciones, de esculpir piedras,
de pintar paisajes, de explorar cuevas y montañas y un grupo de aficiones
más. Nada podría ser más importante que la libertad
de mi gente.
Mi metamorfosis política sería más lenta que la de
otros cubanos, porque no tuve la suerte de relacionarme con alguna de las
organizaciones antifidelistas, ni de derechos humanos, o cualquier otra
persona me pusiera en el camino de la verdad. Me llevó varios años
descubrir por mí mismo que Fidel Castro había pactado con el
Diablo. Sin embargo, no es tiempo perdido, porque eso le da más fuerza
y valor a mis ideales, que son los de cualquier ciudadano común. Esta
vez nadie me inyectó el cerebro como me hicieron en la niñez,
ni nadie me ha pagado un centavo, ni nadie me ha pedido que lo haga gratuitamente.
Esta vez todo nació de mi corazón, lo he intentado con mis
propios medios, y no existe persona alguna sobre la tierra que influyera en
mi cambio de ideales.
Mi rebeldía crecía
por segundo, y miles de veces tuve ganas de organizar una acción
armada, o un atentado, o poner carteles, o simplemente expresar públicamente
mis argumentos. Sabía que me sobraba el valor para hacer cualquier
cosa, que no le tenía miedo al régimen. Sin embargo, al final
encontré una vía pacífica de empezar mi lucha. Como
me gusta tanto escribir, decidí empezar por redactar mi propia caracterización
sobre el fenómeno fidelista, fundamentalmente la parte que se logró
ocultar a los ojos del mundo. Tendría que primero poner a salvo mis
ideales antes de hacer cualquier otra cosa. Me di cuenta que estaba haciendo
algunas reflexiones y conclusiones muy importantes, que no sacarían
a Castro del poder pero sí ayudarían a buscarle el peor sitio
dentro del infierno cuando le llegue la hora, y que serán como un
fantasma que jamás dejará de perseguirlo.
Me propuse describir cómo
en mi patria ocurren con mayor intensidad todos los problemas que afectan
al resto del planeta, y con la agravante de que Fidel es el único
presidente que puede ser tan cínico de atreverse a negar y ocultar
esos males, sin dejar que ni la ONU ni nadie pueda comprobarlo y desmentirlo.
Hay hambre, desnutrición, epidemias, desempleo, robos a bancos y mercados,
generalizada corrupción, accidentes catastróficos, asesinatos,
violaciones sexuales, desapariciones de personas, tráficos de órganos,
altísimo nivel de tráfico y consumo de drogas, sacrificio humano
para brujerías, asesinatos entre alumnos en las escuelas, suicidios,
mala salud y educación, etc.
Pero además de
revelar ese holocausto común en cualquier país, más
me interesaba plasmar varios cientos de leyes y formas de vida genocidas
y esclavistas creadas y aplicadas por Fidel que no la sufren los demás
países, que son únicas en toda la historia universal y por
tanto nos convierten en el pueblo más esclavo; esas terribles pesadillas
que debemos divulgar para evitar que se extiendan a otros pueblos del planeta.
No es justo que una parte del mundo continúe así tan engañado
respecto a la verdadera Cuba que existe detrás de la falsa imagen
que logró divulgar el dictador. Si no podemos vencer al Diablo por
lo menos ayudemos a que no sea confundido con Dios; señalemos dónde
se encuentra para que nadie tropiece con él.
Sería imposible
hacer un gran libro, no sólo por vivir con tanta pobreza sino porque
necesitaría investigar, viajar, entrevistar, lo cual sería
una delación segura. Me limité a sólo convertir en
letras el llanto de mi pueblo; es decir, narrar la angustiosa vida cotidiana
de los cubanos tal y como es. Por lo menos sería un fiel testimonio
de la realidad, escrito en el momento y lugar de los hechos, tal y como
lo narraría cualquiera otro cubano que viviera tantos años
esa esclavitud.
Por supuesto que conocía los riesgos. Todos sabemos el destino
que han tenido quienes se atrevieron a desafiar al tirano. Si asesinó
y encarceló a miles por expresar una sola palabra contraria a la suya,
qué podría pasarme a mí al escribir un libro que le
dejara el cuerpo sin un centímetro de piel. Le estaba declarando la
guerra a uno de los hombres más poderosos y diabólicos en la
historia de la humanidad, por lo que mis posibilidades de triunfar eran casi
nulas. Pero no tenía nada que perder. Si prefería estar muerto
antes que seguir sufriendo las penurias de los cubanos, qué otra cosa
peor podría asustarme. Además, esta vez no sería una
muerte en vano como pudo ser en Angola. Allá fui inocentemente a dar
mi vida en nombre de Fidel, y por pedido suyo. Pero esta vez la arriesgaría
por mi pueblo, y por pedido de mi corazón.
Ahora, si darme cuenta
de la verdad me llevó mucho tiempo, más difícil sería
poder escribir un libro de estas características. Para lograrlo debería
trabajar en el más estricto secreto, tomar demasiadas precauciones.
No debería comentarlo ni siquiera con el más allegado de mis
familiares. Eso también implicaba que no podría pedir ningún
tipo de ayuda a nadie, y que todo lo tendría que hacer solito y con
mis propios medios. Las veinticuatro horas del día andaba con lápiz
y papel encima, y tomaba mis apuntes según veía las cosas,
pero tratando de que nadie sospechara el contenido de lo que redactaba. Luego
escondía lo papeles en un lugar que yo creía seguro.
La policía estaba
constantemente haciendo registros en casi todas las casas, y en cualquier
momento podía tocarle a la mía. Haber pertenecido al ejército
de Fidel, y conocer un poco su forma de pensar y actuar me serviría
para elaborar parte de mi estrategia. Me vi convertido en un personaje de
novela policíaca, con la desventaja que en la vida real se muere
de verdad. Casi todos los días registraba el interior y los alrededores
de mi casa tratando de encontrar cámaras y micrófonos. Cualquier
persona o auto que no conocía me parecía sospechoso. Cada
paso que sentía por la escalera del edificio me parecía que
eran los soldados. Me convertí en un psicólogo que hacía
una caracterización urgente de cada nueva persona que se acercaba
a mi vida por cualquier motivo; cualquiera podía estar vigilándome.
Con toda esa tensión
viví durante varios años, sin que una sola noche pudiera dormir
relajadamente; y si alguna vez lograba conciliar el sueño entonces
me despertaba con una terrible pesadilla. Y andaba con extrema precaución
tanto en la calle como en cualquier lugar que iba, porque sabía que
otra de las opciones utilizadas por Fidel para matar opositores es dejándolo
ver como un accidente. Cientos de cubanos han muerto en un accidente doméstico,
de trabajo, de tránsito, en una cola del transporte público,
bronca callejera o dentro de la cárcel, y a veces ni la propia familia
se imaginó que el asesino era un agente secreto del dictador.
A medida que pasaba el tiempo mi libro iba creciendo, y aumentaba mi interés
porque no cayera en las manos ensangrentadas de Castro. Incluso, siempre
evité participar en alguna exhibición pública de Fidel;
jamás lo conocí en persona, porque no habría podido contener
las ganas de por lo menos gritarle: “¡Asesino”.
Así que terminar de escribir mis ideales y ponerlo a salvo ya no
serían mis únicos sueños, sino también tener
la dicha de un día poder expresarlo públicamente aunque fuera
sólo por unos minutos. Me costaba creer que a estas alturas de la
humanidad (cuando ya todas las dictaduras habían caído y la
democracia se impuso como sistema político) todavía los cubanos
no pudiéramos expresarnos libremente. Es algo difícil de entender
si no se ha pasado por ello. Muchos cubanos se suicidaron, otros se volvieron
locos, porque es desesperante saber hablar y escribir sin poder hacer uso
de ambas virtudes.
Como vía de agilizar
mi trabajo y mejorar su calidad hice grandes sacrificios y me compré
en el mercado negro un computador; una 486 muy antigua pero por lo menos
me servía para pasar todo el material, darle forma y poder deshacerme
de aquella cantidad de hojas que ya almacenaba comprometedoramente. También
era ilegal tener un equipo de esos en la casa, pues no se le vende al pueblo
en ninguna tienda.
No debía tener
el libro grabado en el computador, porque si la policía venía
a mi casa seguro lo descubrían. Todos los días tenía
que pasar el archivo a la máquina, trabajar en él, luego grabar
en un disquete, volver a borrarlo de la máquina, y esconder el disquete
en un lugar seguro. Esa operación tenía que repetirla cada
vez que me parara de la máquina aunque fuera para ir al baño.
Muchas veces los disquetes se fastidiaron, no quisieron abrir, y perdía
el trabajo de varios días; tenía que volver a redactar todo.
Por ese motivo me demoré un año en pasar todo al Word. Luego
empecé a tenerlo grabado en varios disquetes al mismo tiempo por si
uno se rompía. En esas circunstancias nació mi libro.
Durante mi participación
en la guerra de Angola me las ingenié para redactar un diario a pesar
que estaba prohibido, en el cual quedaron plasmadas las narraciones y el
pensamiento del joven más fidelista que ha existido. Sin embargo,
ahora en este libro queda claro que no hay otro hombre más antifidelista
que yo. Al comparar ambos materiales cuesta creer que hayan sido escrito
por la misma persona. ¿Cómo puede uno cambiar el pensamiento
así de extremo a extremo? Bueno, esos son los milagros que propicia
Fidel Castro Ruz.
El libro tal vez no sea
tan inédito para los cubanos, porque precisamente cuenta la terrible
agonía que vivimos todos por igual. Pero las personas del mundo que
tengan sensibilidad humana quedarán horrorizadas, y sin dudas que
en el peor de los países todos se alegrarán de no haber nacido
en Cuba. Y quien piense que exagero, sólo tiene que viajar a la isla
y recorrerla un poco. Ya verán que la única crítica
posible para mí será la de no haber tenido la suficiente inteligencia
ni los recursos del lenguaje para describirlo con mayor claridad. Porque
el sufrimiento y miseria de mi pueblo es tan grande que es inútil
tratar de exagerar. No hay mentira que pudiera llegar a igualar o sobrepasar
la dura realidad. Además, no es mi forma personal de analizar el asunto,
no es mi punto de vista desde una posición antifidelista. Es, tristemente,
la única verdad posible, la misma que cuenta cualquier otro cubano
aunque sea seguidor de Fidel.
Hubiera querido hacer
un gran libro, enriquecido con todos los datos y las cifras exactas que
demuestren la gravedad de la situación en que vive mi pueblo debido
al régimen de Fidel. Pero él no sólo impide que se
publique material con esas cifras, sino que las falsifica hasta en sus propios
ministerios. Así que como bibliografía tuve que utilizar la
vida cotidiana que durante casi medio siglo hemos tenido todos los cubanos,
donde el sufrimiento, la humillación, la miseria y la ignorancia son
parte de la ración diaria. Un par de veces logré apoyarme
en algunas publicaciones fidelistas que no merecen ser nombradas con honores
ni agradecimientos porque fueron hechas como instrumentos de esclavitud.
Y otros datos y cifras que aparecen en este libro me lo propiciaron personas
que deben permanecer en el anonimato porque aún trabajan para la dictadura,
los cuales inocentemente me brindaron su confianza sin imaginarse mis objetivos
reales. Sin embargo, y por encima de todo, me hago absoluto responsable de
lo que narro, con suficiente razón para defender y demostrar mi testimonio
al más alto nivel.
No obstante, dentro de
las miles de personas con las que comparto una relación cotidiana
sí hay dos que inconscientemente influyeron en el surgimiento de
este libro: mi hermano Marino y mi amigo Eliades. Son profesionales muy
preparados e inteligentes que también respeto y admiro bastante, y
mi amor por ellos es tanto que necesito verlos todos los días. Sin
embargo, como son extremadamente fidelistas, con ellos se me forman grandes
discusiones que no llegan a dañar nuestras perfectas relaciones pero
sí me han obligado a superarme en el tema, y a fundamentar muy bien
cada detalle. Ellos nunca supieron que después de cada debate yo
corría a escribir mis propias conclusiones; así que de forma
inconsciente me hicieron esforzar para perfeccionar este libro. Les pido
disculpas por utilizarlos de motivación sin su aprobación,
que sigan creyendo en Fidel, y ruego a Dios para que nunca los aparte de
mi lado.
El otro gran problema
que debería enfrentar sería cómo sacar el libro de
la isla. Tenía algunas amistades que vivían en el extranjero,
o que viajaban, pero no confiaba en nadie para una empresa así; podían
cometer errores, y poner en riesgo sus vidas. Si intentaba contactarme con
algunos de los pocos disidentes dentro o fuera de la isla también
sería un fracaso, pues lo que no están presos están
bien vigilados. Tratar de irme ilegal en balsa hacia USA era uno de los fracasos
más seguros, y mi trabajo de años podría terminar en
el fondo del mar. Al final me decidí por otra opción igual
de difícil y riesgosa, tratar de salir legalmente como turista.
Los cubanos somos las
únicas personas del mundo víctimas de una ley que nos hace
presidiarios en nuestro propio país. El primer gran obstáculo
de un aspirante a viajar al extranjero es conseguir por lo menos U$S 2.000,
cuando el salario más alto en Cuba está alrededor de U$S 25
mensuales. También se necesita que desde otro país alguien
envíe una carta de invitación pidiendo permiso a Fidel para
que deje salir a ese cubano por unos días. Y luego vienen los torturantes
trámites y obstáculos diseñados en esa ley lo cual puede
durar meses, años, o puede ser denegado y perder todo el dinero y
tiempo ya invertido.
Lamentablemente, mientras
esté el tirano en el poder no puedo detallar cómo hice el
dinero, cómo obtuve la visa de Argentina y un permiso de Cuba por
15 días, pues mi confesión podría mandar la cárcel
a cientos de cubanos que colaboraron directa o indirectamente a pesar que
nunca supieron los verdaderos motivos de mi viaje. Además, es una
historia tan larga y desesperante que merece un libro para ella sola.
El asunto es que después
de varios años ya estaba listo para salir. Aún tenía
que pasar el chequeo más difícil, el del aeropuerto. Para
ello grabé el libro en dos disquetes, los envolví en papel
metálico para tratar de evadir los escáneres: uno me lo coloqué
en el bolsillo de la camisa, y el otro en medio de las ropas que llevaba
en el maletín. Pero días antes tomé la precaución
de grabar otros disquetes y se los di a guardar a varias personas sin decirle
de qué se trataba. Si me descubrían, por lo menos el libro
no estaría del todo perdido. Ya sabría Dios qué hacer
algún día con esas copias que quedarían vivas.
Nunca podré borrar
la imagen del oficial que me hizo la última entrevista a sólo
unos minutos del avión. Grabé su cara para siempre como un
tatuaje dentro de mis ojos. No parecía tener más de veinte
años, pero se veía muy entrenado y dispuesto a encontrarme
aunque sea una sola falla por la que pudiera interrumpir mi viaje. Si descubría
el hallazgo de mi libro tal vez lo ascendieran a General; me odiaba sólo
porque yo me iba y él se quedaba. Me presionaba fuertemente ahí
delante de quienes fueron a despedirme, como queriendo descubrir si realmente
iba de paseo o me estaba escapando. Yo tenía ganas de llorar al saber
que tal vez me despedía para siempre; pero tuve que sonreír
frente a ese perro vestido de verde. Mi mente fue más rápida
que la de él, y mis cojones más grandes que los suyos; porque
él es soldado del tirano, y yo soy siervo de mi pueblo.
Pero cuando el enorme
pájaro comenzó a elevarse, y vi que mi pedazo de tierra iba
quedando como una simple silueta debajo de las nubes, sentí algo
terrible dentro de mi pecho, se me apretó la garganta, fruncí
el ceño y lloré como el más débil de los niños.
Sí, me estaba escapando de la cárcel más grande del
mundo, estaba robando mi carta de libertad luego de 34 años de negra
esclavitud; pero tenía que llorar, y no me daba vergüenza hacerlo,
porque debajo quedaban encadenados doce millones de hermanos y una vida
llena de recuerdos. Había estado una década organizando la
fuga y preparándome en silencio para la aventura de luchar por ellos;
sin embargo, llegada la hora comprendí que no estaba tan listo como
pensé, que jamás sentiré otro dolor tan fuerte como
el que provoca alejarme de mi pueblo.
Fidel no sólo hizo una ley para impedir que salgamos de la isla, sino que hizo otra para impedir que regresen los que una vez lograron escaparse. Y otra peor aun para los que además de escaparse también hagan campaña en contra de su dictadura, como sería el caso mío. Así que estaba asumiendo el sacrificio de no ver a mi gente en muchos años, o tal vez nunca más.
Cuando el 23 de marzo del 2003 llegué al aeropuerto de Buenos Aires enseguida comprobé que mi rostro no era el mismo de hacía unas horas. Era la cara de un vencedor, el hombre que había logrado lo imposible. Sentía que me había liberado de un gran peso que llevaba sobre mi cabeza. Dejaba atrás una década de insomnio y temores. Ya no tenía dudas de haber burlado a Fidel, a sus hombres, y a sus modernos equipos de vigilancia. Si hubieran tenido una sola pista sobre mis proyectos me habrían eliminado a tiempo.
Estaba ilegal en un país desconocido, sin dinero, sin trabajo, sin familia ni amistades, pero lleno de amor por Cuba y eso era suficiente para no caerme. No obstante, tuve la suerte de conocer a una de las personas más maravillosas de Argentina y del mundo, quien puso absolutamente todos sus recursos personales en función de mi vida y mi proyecto. Todas las cosas que se me facilitaron en lo adelante fueron gracias a su incondicional e ilimitada ayuda.
Lo primero que hice fue inscribir el libro en el registro de propiedad intelectual de Buenos Aires. Luego le di copias a varias personas y comencé gestiones para publicarlo. También a través de Internet, y firmado con mis verdaderos datos personales le envié copia a Fidel y a varios medios y entidades de la dictadura; para mí tenía un significado grande hacerle saber que no le temía y que los enfrentaría cara a cara. Luego estuve en algunos canales de televisión local concretando mi sueño de denunciar públicamente al tirano.
Fue un año donde aprendí mucho, conocí la libertad y el mundo que Fidel nos ocultó. Pero también lloraba desgarradoramente todos los días, extrañando a mi patria y pensando en su miseria y esclavitud. Por eso fue inmensa mi alegría el día que sonó el teléfono, y desde el otro extremo de la línea escuché la voz de la Cónsul cubana comunicándome que Fidel había aprobado mi regreso a la isla cuando yo lo deseara. No podía creerlo. Es un momento que jamás olvidaré. Ha sido la única vez que he llorado de emoción, mis ojos derramaban lágrimas pero mi rostro expresaba una gran sonrisa. Un placer desconocido pero intenso se apoderó de todo mi cuerpo que creí desmayarme.
Yo sí había hecho un grupo de trámites en la embajada, y me cobraron mucho dinero por ello, pero igualmente podían haberme negado mi solicitud de regresar como han hecho con tantos miles que ni siquiera son peligrosos y sólo querían ir a ver a su familia. Era evidente que Fidel Castro estaba interesado en mi regreso, de lo contrario no me concede tan grande alegría. Seguramente no sería para condecorarme con una medalla, pero de todas formas yo no iba a hacerle un desaire al “amable Comandante en Jefe”; volver a mi tierra sería un regalo que no podría despreciar sin importar lo que me pasara.
De todas formas, ahora, ni cortando mi lengua, ni rompiendo mi pluma, ni cegando mi vida podría destruir mis pensamientos; como tampoco podrá con todo un pueblo que sufre las cadenas y llora por sus hijos. Ya era tarde, ya no podría virar el tiempo atrás para detenerme antes de que lograra escribir esa caracterización tan clara de su genocidio. Aunque mi libro aún no estuviera publicado, y aunque él siguiera victorioso en el poder, de todas formas ya había logrado lo que me propuse, así que la victoria era sólo mía.
Quería llegar a
Cuba, untar mis labios con un poco de su tierra y abrazar a mi familia aunque
sea durante unos segundos. Ya, eso era todo, luego no me importaba lo que
hiciera conmigo. Iba a entregar mi vida sólo por un abrazo de mi
familia y un beso a mi querida tierra. Si el tirano me daba tiempo a concretar
eso, entonces vería cómo un patriota asume contento el peor
de los destinos. Solo, sin más armas que el amor y la audacia, iría
a enfrentarme contra un imperio y todos sus recursos.
Al año de haber salido de Cuba ya estaba de vuelta otra vez. Y
no sólo me dejaron pasar la aduana sin problemas para besar mi tierra
y abrazar a mi familia, sino que pude andar libremente por la isla durante
un mes. Fidel quería primero aclarar muchas incógnitas que
tenía sobre mí antes de lanzar su ataque. Quería descubrir
quienes habían colaborado para que yo llegara tan lejos. En su mente
diabólica jamás cabrá la idea de que yo estuviera totalmente
solo. Descubrí que andaba un ejército de agentes siguiéndome
todo el tiempo, investigando y entrevistando a diferentes personas que me
conocían. Así que seguro todas las casas y sitios que frecuentaba
estaban infestados de cámaras y micrófonos.
Mientras tanto él se decidía a actuar, aproveché el tiempo para desafiarlo y concretar mi sueño de expresar todos mis ideales en cualquier sitio, a cualquier hora, y a cualquier cubano; y me llené de regocijo al ver que no hubo una sola persona en desacuerdo conmigo, y que por fin la verdad estaba llegando a la mente inocente de mi pueblo. También tuve la posibilidad de conseguir una docena de disquetes en los que grabé el libro y lo repartí a varias personas, para que cada uno de ellos también lograra divulgarlo a otros más. Logré contactarme con algunos disidentes que no quisieron darme entrada a su casa alegando que yo debía ser agente secreto del dictador. Sólo fui atendido amablemente por Vladimiro Roca y Elizardo Sánchez, dos antifidelistas que han sufrido cárcel y a quienes también les di el libro y le conté mi historia.
A los pocos días de esas entrevistas Fidel decidió darme otro de los momentos más felices de mi vida, cuando sus agentes me detuvieron en la entrada de la fábrica de níquel “René Ramos Latourt” en Nicaro, delante de mi familia, de mis vecinos, amistades y demás trabajadores de la entidad. Fui conducido a las oficinas de la Seguridad del Estado de ese pueblo, y luego me trasladaron para la capital provincial; fui lanzado a un calabozo a manera de secuestro, sin que nadie supiera adonde me llevaron, sin posibilidad de un abogado, sin decirme mis derechos.
Me confinaron a una celda muy pequeña, abrazado por la oscuridad y siendo un extraño huésped para las ratas y mosquitos. Respiraba el aire contaminado de las letrinas, y mis huesos se marcaban como fósiles en el cemento donde tenía que permanecer tendido todo el tiempo. Por suerte, podía estirar las piernas a cada rato, por la cantidad de veces que me sacaban de allí para llevarme a los interrogatorios en unas pequeñas habitaciones donde me filmaban y grababan hasta los latidos de mi corazón. Pronto perdí la cuenta de la cantidad de veces y oficiales que trataron de exprimirme el cerebro. Algunos cometieron el error de permitirme hablar, y pude ver cómo mis reflexiones hacían tanto efecto que, por momentos sus rostros dejaran ver el cansancio y arrepentimiento de tener que servir al dictador. Creo que si no fuera porque ellos también quedaban grabados en la cinta, me habrían dicho: “Compadre, usted tiene razón”.
Constantemente estaba sintiendo ruidos que parecían ser producidos intencionalmente para asustarme, gritos, puertas de hierro que se abrían y cerraban constantemente, pasos fuertes, etc. Escuchaba escenas de tortura en las celdas más cercanas a la mía, algunas parecían ser reales y otras puro teatros para ponerme nervioso. Y yo sólo rogaba porque cuando llegara mi turno fuera bien real, y con sus técnicas más feroces, para demostrarles que de el amor al pueblo nace un hijo de acero, y que en sus laboratorios criminales no hay ni habrá aparatos capaces de fundir ese metal.
Mi familia y amistades andaban desesperados; los militares visitaban sus casas y los interrogaban arduamente sobre mí. Luego dos hermanas mías lograron descubrir dónde me tenían y allá iban a implorar. Lloraban ante mis oficiales captores para que me perdonaran, y luego me pedían a mí que cerrara la boca para que salvara mi vida. Y yo lamentaba decepcionarlas, pues el día que deje quieta la lengua será como no haber existido nunca. Absolutamente nada ni nadie podría quitarme la felicidad de estar en aquella situación, porque no fue por robo, asesinato, violación, estafa, ni algún otro delito común; era por decir lo que pienso, en el único lugar del mundo donde eso es un grave delito.
Durante mis años de anonimato me auto preparé psicológicamente muy bien para ese día, un momento que inevitablemente tenía que llegar alguna vez. Ni sus perros, ni sus rejas, ni aquel muro ensangrentado podrían detener ya mi sonrisa. Estaba seguro de poder enfrentar la humillación, tortura, cárcel y hasta la muerte con total tranquilidad y felicidad. Nada más sentí un poco de rabia cuando supe que una psicóloga había estado entrevistando a mi hermana sobre mí, y que tal vez luego lo hiciera conmigo. Es una lástima que no llegué a conocerla. ¿Será que tenían la esperanza de que yo estuviera loco? ¡Qué puede saber una psicóloga sobre mi amor la patria!
Trabajar en secreto me había servido para no estar señalado ni perseguido como enemigo de la revolución y poder lograr mis objetivos; pero ya eso terminó, y nunca más dejaría de decir lo que pienso. Se acabaron los días en que no podía dormir tranquilo, cuando me escondía debajo de la cama para escribir cada línea, cuando me alejaba de los debates políticos para que nadie se fijara en mí. Así que no me retractaría de mis actos hasta las últimas consecuencias, pues mi verdad no tiene precio, no está en venta, vale más que mi libertad y que mi vida.
Pasaban las horas, y los días, y el combate seguía interesante, y mi felicidad aumentaba, porque con tenerme preso Fidel estaba aceptando que mis ideales no eran basura; lo había asustado. Yo sabía que él no aceptaría la humillación de escucharme cara a cara, pero sí que escucharía detenidamente las cintas, y por eso me di el lujo de argumentar muy detalladamente en cada interrogatorio por qué él es el mayor genocida en la historia de la humanidad. Eso me hizo sentir el hombre más realizado sobre la Tierra, porque ya no sólo había expuesto mi ideal públicamente en Argentina y Cuba, sino también frente a importantes oficiales del tirano que luego despacharían con él.
Mucha gente logró enterarse de mi caso y se convirtió en el tema del momento. Los carceleros me miraban como si fuera un ser de otro planeta. Sí, porque no abundan cubanos de carne y hueso que después de haber logrado escaparse de la isla regresen a desafiar al Diablo dentro de su propia guarida. También estaban asombrados de que yo dejé de comer y beber durante varios días y cada vez mi cuerpo y mi mente estaban más fuertes.
Finalmente parece que el dictador comprendió su derrota, que matarme dentro de la isla o tenerme encarcelado no sólo podría tener peores consecuencias para él sino que era parte de mi juego y mi fiesta. También decidió dejarme con las ganas y el privilegio de probar sus modernos aparatos de tortura; no podían malgastarlos con alguien al cual no les harían ni cosquillas. Así que me propusieron la libertad si abandonaba la isla, lo cual acepté pero con la condición de que no me quitaran el derecho a regresar otra vez cuando yo lo deseara. Lo tomé como traspaso a un nivel de lucha superior, donde pudiera hacer algo más grande por mi pueblo.
A pesar que mi historial
está en blanco, y aún no he logrado hacer nada por mi patria,
pesa sobre mí el terrible delito de ser un cubano que dice lo que
piensa. Soy conciente que por ello mi corazón está siendo
muy cotizado en el mercado de balas fidelistas, y que tal vez algunos plomos
confundidos apaguen mi vida. Sin embargo, pido perdón para el agente
que los dispare, porque es inocente de sus actos, porque es víctima
del “Diablo”; más bien le agradeceré si mi muerte sirviera
para esparcir esta semilla.