Aquella mañana bajé de dos en dos los escalones del Archivo
de Sevilla. Crucé la calle y entré en una confitería
cercana. Con la vista busqué a la persona que el portero de
la Casa de Contratación me había indicado. Cuando lo
describió, el empleado había dicho: “Siempre está por
aquí, incansable estudia o investiga. Búsquelo enfrente, es
italiano, mediano, robusto, usa barba… ¡le va a encantar!
Mi vista se detuvo justo al fondo del salón. Creí ubicar
ahí al personaje que buscaba, ¿sería Claudio? La descripción
que me habían dado, coincidía con el hombre que estaba sentado
en la mesa junto al ventanal, rodeado de un montón de libros.
Desde el primer apretón de manos supe que nos iba a unir una
amistad. Me invitó a almorzar en una típica cantina
italiana; como no podía ser de otra forma, Claudio hacía honores
a sus orígenes. Luego tomamos café en su casa.
Hablamos horas enteras de galeones, naufragios, tesoros, de las historias
de los investigadores que los buscan, de la entrega total que demanda esta
actividad. Allí nacieron tantos puntos en común, que
nos unirían como amigos para desafiar los miles de kilómetros
de distancia que nos iban a separar durante años.
Él buscaba información histórica en los archivos
de Europa, que luego facilitaba a historiadores, universidades, profesores
o a simples particulares interesados en esta temática. Lo que posiblemente
comenzó en él como un mero pasatiempo, lo llevó a ejercer
una profesión desarrollada con seriedad y gran solvencia. Dedica
horas enteras del día a fijar sus ojos en antiguos manuscritos, que
en su gran mayoría, de añejos que están se resquebrajan
y dejan caer la tinta reseca por el paso del tiempo.
Claudio hizo de esta actividad su medio de vida; la desarrolló
como pasión y la convirtió en su razón de vivir. Durante
los últimos 25 años hemos mantenido un contacto permanente,
alimentado por un mismo ardor: los barcos antiguos hundidos, su búsqueda
y posterior rescate.
A la distancia, enfrentamos a los mismos enemigos, a aquellos que sostienen
que estos naufragios y sus ricas historias deben permanecer sumergidos,
desconocidos y en el anonimato, para que nuevas generaciones con tecnologías
más avanzadas los rescaten. Nada más cercano y aledaño
a la ignorancia, por cierto.
Hace muchos años, el rescate del Wasa o el Mary Rose, hoy convertidos
en extraordinarios museos, demostraron lo descabellado de esa afirmación.
Cientos de libros, documentales para cadenas televisivas como Discovery,
National Geographic, History Channel entre otras, capturan al público
de todas las edades, que se interesa y entusiasma con este tipo de relatos:
naufragios, navegantes antiguos, tesoros, piratas.
En nuestro caso, el rescate del tesoro de Nuestra Señora de
la Luz, permitió al Estado uruguayo construir una escuela de Educación
Secundaria y comprar para la Marina equipos que socorran vidas en el
mar. Empresarios privados apoyaron esta actividad y para difundir la
Cultura
recuperada del agua, construyeron el Museo Naufragios y Tesoros en
Punta
del Este. Allí se exhiben muestras de la tradición sumergida
y rescatada en el Río de la Plata, es visitado por turistas de todas
partes del mundo y jóvenes estudiantes alcanzan a comprender la verdad
de la leyenda marinera. Pero esto y mucho más, lo leerán en
este libro que mi amigo Claudio Bonifacio ha escrito para ustedes.
Descubrirán
historias de naufragios, tesoros sepultados bajo agua desde siglos,
odiseas
que tuvieron que enfrentar los náufragos, quienes muchas veces fueron
niños inocentes que viajaban junto a sus padres en busca de una vida
mejor. Son misterios aún latentes, intereses y luchas de poder, donde
siempre está el oro. Es el mismo oro que movió a España
en sus conquistas del Nuevo Mundo, a los portugueses en sus
exploraciones
y a los ingleses en sus ansias de
comercio.
Los naufragios antiguos y sus historias, nos revelan un pasado que
de otra forma nunca llegaríamos a conocer y ponen al alcance de los
hombres el conocimiento de sus orígenes.
Con todos mis augurios de éxito bien merecido para mi amigo
Claudio Bonifacio,