Un cierto día de Agosto de 1985, un amigo colombiano, estudiante de Arqueología, que investigaba datos para su tesis en el Archivo General de Indias de Sevilla, se me acercó en la biblioteca, expresando su deseo de hablar conmigo a la hora del acostumbrado "cafecito" de las 11 de la mañana.
Huyendo del agobiante calor sevillano, propio del mes de Agosto, nos encontramos en el bar de Vicente, justo detrás del edificio de Correos.
Mi amigo me contó que había recibido una carta de un conocido suyo español, residente en Cartagena de Indias. Encargándole para que buscara entre los miles y miles de legajos conservados en el Archivo de Indias, información sobre naufragios acaecidos en las costas colombianas del Mar Caribe.
Siendo que él estaba preparando su tesis doctoral, muy a pesar suyo, no podía complacerle. Por lo que acudía a mí, conocido en el Archivo de Indias como "naufrólogo" de profesión, para recopilar y enviarle a Cartagena los datos que solicitaba.
Debido a que en aquella época había una auténtica fiebre de búsqueda de tesoros sumergidos, desatada por el éxito de Mel Fisher al localizar la carga de valor del galeón Nuestra Señora de Atocha, naufragado cerca de los cayos de la Florida en 1622, recuerdo que lo primero que pensé fue que la "fiebre de tesoros" había llegado también a Colombia. Pues todo a lo largo de 1985, a raíz del descubrimiento de Fisher, se había disparado la demanda de información sobre naufragios de la Carrera de Indias, especialmente en aguas de la Florida.
La persona que mandaba a pedir esos datos era Francisco Ojeda. Curro para los amigos. Fue así como le conocí por primera vez.
Ahora, después de 14 años, vine a conocerle personalmente en Málaga, su ciudad natal. Quedando gratamente sorprendido al ver que parte de los datos que desde Sevilla le había enviado a Cartagena, ahora se verían publicados con todo lujo de detalles en un libro sobre tesoros sumergidos.
La presente obra contiene valiosa información para acrecentar la lista del patrimonio cultural perdido en aguas de Colombia. Indicando la fuente documental, y señalando en cartas náuticas (con una X, a modo de mapa del tesoro ) la posición "in situ" de más de 50 pecios.
Este trabajo podría muy bien servir como base a futuros proyectos de arqueología subacuática y recuperaciones de tesoros. Lo cual, sin duda alguna ayudaría a completar nuestro conocimiento de ese periodo histórico.
Los tesoros perdidos en las profundidades submarinas han estimulado desde siempre la fantasía de los hombres. Pero en muchas ocasiones la fantasía se transformó en realidad. Y ante los ojos atónitos de muchos, el soñador se transformó en héroe del momento.
En ese sentido puede muy bien servirnos de ejemplo, lo que Pedro Ronquillo, embajador de España en Londres escribió a su Rey, al enterarse de la llegada a Inglaterra de William Phipps, con mas de 30 toneladas de caudales, recuperados en 1685 de los restos sumergidos del galeón Almiranta de la Flota de Nueva España, Nuestra Señora de la Concepción.
" ...muchos han sido los atentados al descubrimiento de ocultos tesoros en el océano. Los cuales juzgan algunos, igualan a los de la tierra.
Pero pocos han tenido éxito en este designio hasta que el industrioso capitán William Phipps dio su estudio y resolución a traer este arte a tan gran perfección, que se anticipó a ganarles a otros esta fama.
Y sin una tan visible demostración, como la que nos ha dado. Porque ciertamente decir que la carga de un navío se sacó fuera, habiendo pasado más de 40 años. Que naufragó en alta mar, a 17 leguas distantes de tierra. Por todas partes se hubiera juzgado por ridículo y burla de esta época. Pero habiendo sabido de tan maravillosa prueba, que llenará nuestros bolsillos de monedas, así como nuestros ojos se llenaron de asombro. "
He aquí, sintetizado, como el sueño pasó a ser realidad para Phipps.
Y al igual que él, el autor de este libro, hizo lo propio en Cartagena de Indias. Donde en sus cercanías hay un auténtico cementerio de barcos, muchos con tesoros aún por recuperar. Perdidos a causa de tempestades o la impericia de algún piloto, a batallas navales o a ataques de piratas.
El libro nos relata un periodo agitado, pero interesante de la vida de su autor. Cuando vivía y buceaba en Cartagena de Indias.
En sus páginas contiene verdaderas lecciones de buceo. Que sin duda alguna servirán para introducir al público en general al maravilloso mundo submarino.
También, el autor narra de forma amena y entretenida las experiencias y aventuras, vividas durante el último periodo de su residencia en Colombia.
Es curioso notar que mientras que una persona dedica su esfuerzo, tiempo y sacrificio a buscar un tesoro bajo la mirada escéptica de algunos. A partir del momento que lo encuentra, con el oro y la plata le llegan también los problemas.
Paradójicamente, es la máquina del Estado, o mejor dicho, los que a menudo se esconden tras de ella con auténtica "patente de corso", quienes usando un sinfín de tecnicismos oportunistas, se aprovechan de las circunstancias. Siendo siempre el perjudicado aquel que ha hecho todo el esfuerzo.
Indudablemente cuando "Barbanegra" dijo: "Que solo el diablo y él sabían donde tenía enterrado el tesoro". Sabía lo que se decía.
En resumen Tesoros bajo el Mar no es tan solo una crónica de hechos realmente ocurridos, con un final que desgraciadamente estamos muy acostumbrados a ver en algunos países de la América Latina, sino también es un minucioso estudio, con rigor científico, de los naufragios de la Carrera de Indias acaecidos en las costas caribeñas de Colombia. Aportando con ello nuevos datos para la localización de buena parte de su patrimonio cultural sumergido.
Sevilla 22 Junio 1999
Claudio Bonifacio