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Desde hace quince años se viene
hablando, escribiendo y discutiendo de la Deuda Ecológica que los
países del Norte tienen con el Sur, a cuenta de la explotación
casi gratuita de los recursos naturales desde hace siglos, a cuenta también
de la biopiratería, y a cuenta del uso desproporcionado de los océanos,
la nueva vegetación, los suelos y la atmósfera para depositar
los gases con efecto invernadero. Hablar de Deuda Ecológica es lo
mismo que hablar de terribles injusticias ambientales y sociales que no
han sido reparadas y que aumentan cada día que pasa.
Los países del Sur a los cuales les exigen pagar la Deuda Externa
no son pues realmente deudores sino acreedores de una Deuda Ecológica
que es mucho mayor que la Deuda Externa. El tema es conocido entre activistas
del Sur, ya sea en los movimientos ecologistas o en movimientos de las iglesias
como el Jubileo Sur. Pero los gobiernos del Sur son todavía reacios
por timidez, por realismo, o por complicidad con el Norte, a asumir la
reivindicación de la Deuda Ecológica. Esta se hace presente
sobre todo en reuniones alternativas como las del Foro Social Mundial, aunque
tampoco allí logra aún un interés mayoritario porque
una parte de la izquierda tradicional es ciega todavía hacia
los asuntos ambientales.
Para entender hoy en día el funcionamiento de la economía
no podemos prescindir del análisis ecológico. Al crecer la
economía mundial, ésta usa cada vez más energía
y materiales. La economía no se desmaterializa. De ahí la
corriente neta de exportaciones del Sur al Norte que este libro documenta
para el caso español. Nuestro socio comercial más importante
en cuanto al volumen de importaciones no es el continente europeo sino el
continente africano. El Sur exporta mucho más que importa para dar
así los materiales y energía que el Norte requiere para su
desmesurado metabolismo social. El Sur practica, a la fuerza, la regla de
San Garabato: “compra caro y vende barato”.
Acepta ese comercio económica y ecológicamente desigual
y además acepta sin protestar el cambio climático, que es
responsabilidad histórica y actual del Norte. Acepta también
mansamente las exportaciones de residuos tóxicos del Norte al Sur.
Los pobres siempre han vendido baratos su trabajo y su salud, no porque les
falte conciencia sino por necesidad.
Actores de primera línea en estos trasiegos son las empresas transnacionales,
y entre ellas, especialmente en la América latina, empresas y bancos
españoles como Repsol-YPF, Endesa, Unión Fenosa, Aguas de
Barcelona, ENCE (empresa de celulosa), La Caixa, el Banco SCH, el BBVA y
algunas otras. Como se explica caso tras caso en este excelente libro, todas
ellas están acumulando grandes Pasivos Ambientales que no aparecen
aún en sus balances y cuentas de resultados porque estos están
mal hechos. Los accionistas deben conocer lo que se hace y lo que se oculta
en su nombre.
También los consumidores (de aluminio u oro, de madera o de pasta
de papel, de camarones o flores importadas, o de petróleo o gas) deberían
saber de dónde proceden los bienes que consumen y cuáles
con los costos sociales y ambientales que han causado –en la forma de zonas
devastadas y poblaciones agredidas– aunque esos costos no estén incluidos
en los precios que los consumidores pagan.
Así pues, este esfuerzo de un grupo de jóvenes autores
de distintos lugares de la Península Ibérica y de otros países
europeos para explicar en lenguaje sencillo a sus conciudadanas y conciudadanos
lo que ocurre en el mundo, no merece más que elogios. Se muestra
aquí que el concepto de Deuda Ecológica sirve para entender
y denunciar muchas injusticias que suceden, en el marco de una explicación
bien informada y coherente. La realidad es tan fuerte que no necesita ser
exagerada.
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