Ana María Badell

SIENDO ya mayor, vinieron a mis manos unos libros editados en Alemania, y me impresionó observar que han existido algunos Profetas del Señor que, como Jakob Lorber, han sido casi desconocidos para nosotros en España.
A lo largo de toda la lectura de la Biblia aparecen muchos enviados de Dios para advertir a los hombres de sus caminos. No me estoy refiriendo a los adivinos ni a los agoreros ni a los que pactan a cambio del vil metal sino a los profetas serios, a los que hemos visto continuamente quejarse ante el Señor y decirle que ellos no saben hablar, que son aún muy jóvenes, que no sirven para ser sus mensajeros, y el Señor les contesta:

"A donde  Yo te envíe, irás; lo que Yo te digo lo dirás. Di a las gentes lo que Yo te mando, y no tengas miedo. Yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes, frente a los sacerdotes y terratenientes; ellos lucharán contra ti, pero no te podrán, porque Yo estaré contigo."

Estoy convencida de que hubo muchos Profetas antes de Cristo y después de Cristo e incluso ahora, los hay en estos tiempos, que vinieron y han venido a esta tierra para ayudarnos, y uno de ellos fue Jakob Lorber.

Yo he tenido la suerte de poder leer casi todos los libros de Jakob Lorber. Y la verdad es que algunas de sus explicaciones sobre el cosmos me han impresionado y me emocionan. Dios está en todo y es Todo. Hasta la más mínima energía procede de Él, y su Creación es perfecta. No hay ni un grano de simiente que al reproducirse no nos muestre que Dios está ahí, en el principio de todas las cosas. Una piedra tiene vida y una planta también.

Casi siempre yo me reía de esas mujeres que hablaban a sus geranios, dirigiéndose hacia ellos con mucho cariño. No podía creerme que eran escuchadas y que sus delicadezas y mimos hacían que las plantas se desarrollaran con más fuerza y crecieran y florecieran más y mejor.
El teólogo Leonardo Boff, dice que le habla al árbol que preside su jardín y que suele abrazarlo cada mañana.   Él repite:

"Es muy importante la capacidad de admirar. Este universo me parece un poema fantástico, sinfónico, en el que las cosas se componen con luz y calor, es una danza universal y cósmica."

Como mi curiosidad no tiene límites y me gusta fijarme en todos los pequeños detalles en los escritos que fueron transmitidos a Lorber por nuestro Señor, he ido deteniéndome en lo que más me ha llamado la atención. Por ejemplo, en lo que hacen los pájaros para poder volar con tanta precisión y soltura. El arcángel san Rafael, con el aspecto de un adolescente bellísimo, explica cómo el ave sabe por instinto ir proveyéndose de determinados ingredientes: piedrecitas, hierro, azufre, calcio, sal, carbono y todo aquello que hará liberar el hidrógeno del agua. El pájaro bebe el agua suficiente para poder obtener la indispensable cantidad de hidrógeno puro que precisa para volar. Con este hidrógeno llena en un instante todos los cañones de sus plumas, y los huecos interiores de las canillas haciéndose tan leve como un simple cabello humano. Las alas sólo las necesita, entonces, para poder moverse y girar a gusto en el aire.

Hace casi dos mil años, este arcángel aclaraba a los discípulos, que los hombres también podrían viajar por el aire gracias a unos globos llenos de hidrógeno. (En el año de 1999, acabamos de conocer que el globo Breitling Orbiter 3 después de dar la vuelta al mundo, sin hacer ninguna escala, se ha posado en el desierto egipcio.)
Jakob Lorber nos ha dejado unas preciosas páginas que no son cuentos de hadas ni leyendas imaginarias sino realidades. El Señor nos habla de muchas de sus Creaciones y la mosca es una de ellas.
Pero antes de comenzar a hacer esta traducción, tengo que confesar, que para mí la mosca siempre fue un bicho que me repugnaba. Quizás más que un rechazo hacia las moscas, lo que yo he tenido podría tratarse de una obsesión.

Desde mi más tierna infancia me repugnaron las moscas. Cuando veía una, me daban ganas de vomitar. Sólo escuchar su incómodo sonsonete me producía dolor de cabeza y no paraba hasta que conseguia aplastarlas con lo que tuviera más cenca, ya fuera un libro, un cuaderno, un periódico o una servilleta. Incluso aprendí a cazarlas, poniendo mi mano medio cerrada muy próxima a ellas y dándole un rápido impulso, apretaba el puño. ¡Ya la tenía atrapada!, y entonces la estampaba con fuerza contra el suelo, y para quedarme más tranquila, la espachurraba con el tacón demi zapato, restregándola contra el piso varias veces para que no quedara ni rastro. Realmente mi aversión era como de locos. Tenía que desembarazartne de ellas como fuera. Compré varios mata-moscas. Guardaba uno en cada habitación de la casa: En la cocina, en el comedor, en el cuarto de estar, en el dormitorio. Puse unos ganchitos dorados en las paredes para poder colgar estas paletas y tenerlas lo más a mano posible.

Como es natural, también me acompañé de insecticidas muy eficaces, y de líquidos repelentes. Hasta compré un aparato eléctrico que atraía a estos insectos y luego los chamuscaba. Y cuando olía a quemado y los cables chisporroteaban, me sentía ya tranquila, como si en mi guerra contra las moscas, yo hubiera sido la vencedora.
Recuerdo que un verano en Mallorca fuimos a una finca donde estaba viviendo en pleno campo nuestro amigo José Mª Labra que era un gran pintor. Él tenía allí a un invitado, músico holandés, que nos tocó una preciosa primera parte de la "Invitación al Vals", de Weber.

Como hace muchos años de esto, no puedo explicar realmente cual fue mi reacción. Pero sí recuerdo que, cuando él estaba enfrascado en la melodía, unas mosquitas muy pequeñas se posaron en su mano, y en su nariz, y él no se inmutó. Luego, después de cenar, salimos a dar una vuelta bajo un cielo cuajado de estrellas y este hombre nos habló de su amor a la naturaleza. También nos contó que una carcoma se había introducido en su violoncelo y que se lo estaba empezando a comer. Ya tenía varios agujeritos. Pero el músico nos dio a entender que él en ningún momento mataría a un ser viviente.

Yo no lo comprendía. Solamente, exclamé: "¿Y para qué está el D.D.T.?" Pero él me miró con horror y me dijo: "Yo nunca lo usaré." (Al cabo de unos años supimos que al D.D.T. lo habían retirado del mercado, por ser un pesticida de los más dañinos, para los animales y para las plantas, pero también para las personas.)
La verdad es que yo era una mujer tan insubstancial que aquel encuentro con el músico ecologista lleno de humanismo, en vez de hacerme reflexionar, me hizo sonreir. ¡Con lo fácil que hubiera sido para mí cargarme a la carcoma y de paso a las mosquitas que había en aquella casa de campo!

Y seguí con la misma repugnancia. Y para estar más segura de que estos insectos no me molestarían más, hice colocar en todas las ventanas de nuestra casa unas telas metálicas.
Y cuando leí lo que nuestro Señor había revelado a Jakob Lorber, me dio vergüenza de mí misma, y me sentí como una pobre idiota. E inmediatamente cambié.

Bueno, mejor dicho; traté de cambiar. Pero también debo de confesar que justamente estábamos en el invierno y hacía un frío que pelaba, y por tanto, no había ni una sola mosca en el horizonte, ni fuera ni dentro de casa. Así que no me fue diffcil comenzar a meditar. Y me propuse variar de táctica.

Y se sucedieron los meses y un buen día, me encontré con una mosca muy pequeña paseándose por el espejo del cuarto de baño. Era de esas que nunca se resistían ami maña y en otro tiempo la hubiera despachado en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, esta vez sentí cierto afecto por ella y me puse a hablarle: Le dije que no pensaba hacerle daño, que había cambiado de estilo desde que había leído lo que Lorber explicaba de ella, y para lo que fue creada. Pero que le podía que, hasta que me fuera acostumbrando a su presencia, procurara no colocarse sobre mi nariz, y que si por alguna causa era necesario que ella se acercase ami cara, que lo hiciera de forma tan delicada que me resultase como una visita simpática.

Algunos de los lectores pensarán: "Ana María se ha vuelto loca. Se cree que hasta las moscas van a entenderla." ¡Pues si!, yo creo que la mosca me entendió. Subió por el espejo, llegó al marco metálico, dio una vuelta por encima, alrededor de él, y desapareció.
Mi hermana, que ha estado hoy hablando conmigo, ha comentado riéndose: "¡Vosotros sois tan ingenuos que os lo creéis todo!"
Esa puede ser también la opinión de cualquiera. Pero, yo, ¿qué daño voy a hacer dejando de despreciar a las moscas y admirándolas? ¡Ninguno! Desde luego, voy a empezar economizando en los productos que eliminan moscas. Voy a intentar parecerme a esas personas que deciden no matar a ningún ser viviente. Y, por supuesto, voy a ser mucho más feliz alabando a Dios en cada mosca que me encuentre.