Robándole las palabras a Heinrich Böll he dicho y escrito
en muchas ocasiones que la historia del progreso es también la historia
de la ingratitud. Y ello porque la gratitud no es una categoría política
que se cotice y el olvido es moneda corriente. Por eso no está de
más el ejercicio de la memoria porque ésta, la memoria, es
un asidero de la conciencia de lo vivido y por tanto un instrumento esencial
en esta larga guerra del tiempo que es la lucha de clases.
Lo cierto es que la democracia en que hoy vivimos, manifiestamente mejorable,
fue antes dictadura fascista. Y que las libertades actuales no vinieron llovidas
del cielo, sino que fueron conquistadas día a día, palmo a
palmo, sangre derramada por medio, a lo largo de muchos años por gentes
que tuvieron la gallardía de mantener encendida la llama de la esperanza
empeñando en ello la propia vida. La democracia era algo a conquistar,
algo por lo que bastantes españoles se jugaron la vida y siempre la
libertad.
Una libertad que, valga la paradoja, podía habitar entre rejas
carcelarias.
“No, no hay cárcel para el hombre
no podrán atarme, no
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior”
diría Miguel Hernández.
Y quiero decir que en estos tiempos de almonedas ideológicas,
en los establecimientos políticos del todo a cien, donde el olvido
programado por los sacristanes del poder y sus expresiones mediáticas
estimula la indiferencia de las gentes españolas hacia su propia historia,
parece que empieza a quebrarse esa indiferencia en los últimos tiempos:
las memorias de Sandoval son una pedrada en la charca del conformismo, que
desearía pasajero, que aún invade a las fuerzas políticas
y sociales de la izquierda española.
Durante años y años los españoles, sobre todo
los de izquierda, sobre todo los comunistas, hemos sido convocados al silencio,
esa perversión, esa amnesia de la democracia de nuestro tiempo. Se
nos dice que, enfermos crónicos, padecemos el incurable mal de la
nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue, que la época de las
revoluciones ha terminado, que sentemos la cabeza y marchemos todos juntos
por las sendas de la moderación marcadas por la “tercera vía”
de Bad Godesberg. Pero, llegados a estos extremos, cabe decir –eso sí
con toda modestia– , que la cabeza no está hecha para “sentarla”,
sino para pensar. Entre otras cosas, en cómo acabar con el injusto
sistema social y político vigente. Así que los comunistas tenemos
trabajo para rato.
Esta larga caminata antifascista por tierras de España y por
tierras de medio mundo, que, entiendo, llaman a nuestra rebeldía porque
es de notar una cierta derechización de la vida en nuestro país
y más allá de nuestras fronteras, porque cierta es la presencia
de nuevas y viejas tramas fascistas, “Una larga caminata” llama a nuestros
recuerdos personales, a nuestra memoria colectiva diciéndonos de algún
modo que si ésta desaparece y no colocamos en la picota de la historia
los años de la infamia del clerical-fascismo y sus beneficiarios,
¿de qué sirve buscar respuestas si no hay preguntas? Y si no
hay preguntas, y así lo creo, del mañana se apoderarán
los dueños del ayer, los dueños de hoy.
Militares felones, terratenientes, banqueros y obispos con el concurso
del fascismo alemán, italiano, portugués y el Estado Vaticano,
se alzan contra la República.
La gente trabajadora se echa a la calle. Republicanos, socialistas,
comunistas, libertarios, gentes sin partido toman al asalto el sublevado
Cuartel de la Montaña. Y ahí está Sandoval, que toma
su fusil en el Madrid del “No pasarán”.
Pero la República va muriendo tras la batalla del Ebro, los pertrechos
militares necesarios para continuar la guerra son detenidos por las autoridades
francesas al otro lado de los Pirineos. Para marzo del 38, tras la traición
de Casado, Besteiro, Mera y Wenceslao Carrillo todo está perdido.
El silencio de las armas no anuncia la paz, sino la venganza. Campos de concentración,
cárceles, torturas y fusiladas al amanecer.
Sandoval cruza la frontera francesa. Campo de concentración de
Saint Cyprien y de allí a Moscú. Voluntario en el Ejército
Rojo al producirse la invasión de la URSS, vuelve a tomar las armas.
Luego, informado de que su hermano ha muerto en combate en una unidad guerrillera,
deja el ejército regular para incorporarse como partisano a la lucha
tras las líneas alemanas. El fin de la II Guerra Mundial le alcanzará
en Bratislava, capital de Eslovaquia.
En 1962 llega a Madrid para trabajar junto a Romero Marín en
la dirección partidaria madrileña. Tras la detención
de Julián Grimau, sustituye a Jorge Semprún, Federico Sánchez,
en el trabajo clandestino. Si difícil fue su vida durante la guerra,
no menos lo será en la clandestinidad. La vida en juego en cada esquina,
en 1964 es detenido a punta de pistola. Condenado a quince años y
tres meses por el Tribunal de Orden Público recorre la cárcel
de Carabanchel y los penales de Cáceres, Soria y Segovia.
Tras la legalización del Partido Comunista es nombrado Presidente de la Fundación de Investigaciones Marxistas. Si la entrada de las tropas del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia fue para Sandoval, internacionalista hasta la médula, un mal trago que tiene la gallardía de denunciar, el hundimiento de la URSS fue una tragedia para el movimiento obrero y revolucionario. Pero mal que les pese a los ideólogos del fin de la Historia, ésta memoria que tenéis en vuestras manos nos dice que el mañana no está escrito, que nunca lo estuvo, que siempre habrá nuevos caminantes sobre los largos caminos de la libertad.